El próximo 12 de agosto, buena parte de España levantará la vista al cielo.
No es para menos. Un eclipse total de Sol atravesará la península de oeste a este y la franja de totalidad pasará por numerosas ciudades españolas. Durante unos instantes, en determinados lugares, la Luna ocultará completamente el Sol.
Hasta aquí, astronomía.
Pero basta darse una vuelta por las redes para descubrir que el 12 de agosto parece que va a ocurrir bastante más que una alineación entre el Sol, la Luna y la Tierra.
El eclipse “cerrará ciclos”, “abrirá portales”, “potenciará energías”, será el momento de “manifestar”, de soltar lo viejo, de pedir deseos, de atraer abundancia…
Y entonces surge una pregunta bastante curiosa:
¿Cómo hemos llegado al espacio, enviado sondas a otros planetas y aprendido a predecir un eclipse con extraordinaria precisión, pero seguimos necesitando que cuando la Luna tape el Sol esté pasando algo más?
Quizá porque saber cómo funciona el universo nunca ha conseguido eliminar nuestra necesidad de que, además, signifique algo.
Cuando un eclipse podía convertirte en mago
Hay una escena de una película que siempre me ha parecido maravillosa.
Un hombre llega a la corte del rey Arturo desde una época mucho más moderna. Allí corre peligro de morir pero sabe algo que los demás ignoran: está a punto de producirse un eclipse. Así que anuncia que posee el poder de oscurecer el Sol. Y el Sol, naturalmente, se oscurece.
De repente ya no parece un pobre hombre intentando salvar el pellejo. Parece un hechicero.
La historia pertenece a Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain.
La idea funciona porque durante buena parte de la historia humana un eclipse no fue simplemente la Luna interponiéndose entre nosotros y el Sol. Era una señal, un aviso, un presagio.
Algo estaba ocurriendo ahí arriba y, por supuesto, tenía que tener algo que ver con nosotros.
Tampoco cuesta demasiado entenderlo.
Imaginemos no saber absolutamente nada de astronomía. Es de día y, de repente, el Sol desaparece. A ver quién no piensa que está pasando algo serio…
Los magos no han desaparecido
Hoy conocemos perfectamente el mecanismo.
Podemos saber, de antemano, por dónde pasará la sombra, a qué hora llegará a cada lugar y cuánto durará.
Ya no necesitamos que un mago nos explique el cielo. Y, sin embargo, los magos siguen ahí. Solo que, ahora, la gran mayoría tienen una cuenta de Instagram o de TikTok.
Unos días antes del eclipse habremos pasado por el 8/8, presentado en determinados círculos espirituales como el “portal del león”. Después tendremos el 9/9, el 10/10, el 11/11, las horas espejo, Mercurio retrógrado, las lunas llenas, el Tarot, los cristales, las runas…
Y luego están nuestras supersticiones de toda la vida.
Tocar madera, cruzar los dedos, llevar un amuleto, pedir un deseo al ver una estrella fugaz, quemar laurel, poner sal en algún rincón de la casa, saltar una hoguera, encender una vela para que algo salga bien o evitar decir demasiado alto que últimamente todo nos va estupendamente, no vaya a ser que lo gafemos…
Unas prácticas tienen ahora nombres espirituales y modernos. Otras suenan a costumbres de nuestras abuelas. Pero quizá, debajo de todo eso, se encuentre una necesidad muy parecida.
Somos máquinas de encontrar patrones
Nuestro cerebro es extraordinariamente bueno relacionando acontecimientos. ¡Y menos mal!
Detectar que determinado ruido podía anunciar un peligro o que cierta planta provocaba una reacción permitió sobrevivir a nuestros antepasados.
El problema es que ese mismo cerebro también establece conexiones donde quizá sólo hubo casualidad:
“Llevaba esta pulsera y me llamaron para aquel trabajo”.
“Estaba pensando en esa persona y justo me escribió”.
“Miré el reloj y eran las 11:11”.
“Soñé con esto y después ocurrió aquello”.
Conectamos puntos porque estamos hechos para hacerlo.
Y además tenemos otro pequeño problema, llevamos fatal no saber qué va a pasar.
Cuando una situación depende de nosotros, actuamos. Cuando podemos prepararnos, nos preparamos. Pero cuando algo queda completamente fuera de nuestro control, resulta tentador buscar otra herramienta: una vela, una carta, una oración, un ritual, un “por si acaso”.
No controlamos el resultado pero, al menos, sentimos que hemos hecho algo. Y esa sensación importa.
Antes, el astrólogo estaba en palacio
Durante siglos, reyes y gobernantes recurrieron a astrólogos, adivinos, intérpretes de sueños y personas que afirmaban poder anticipar el futuro.
Antes de una batalla querían saber si ganarían. Antes de una cosecha, si sería buena. Antes de una decisión importante, si los astros eran favorables.
No hacía falta ser especialmente ignorante para querer saber qué venía después. Hacía falta ser humano.
Hoy quizá no tenemos un astrólogo oficial sentado junto al trono, pero la pregunta permanece.
¿Saldrá bien?
¿Volverá?
¿Me llamarán?
¿Me recuperaré?
¿He tomado la decisión correcta?
¿Y ahora qué?
Cambian los métodos con los que buscamos respuesta. La necesidad no tanto.
Y no, eso no significa que seamos idiotas
Sería facilísimo mirar todo esto desde cierta superioridad y concluir: “Qué absurdos somos los humanos”. Pero me parece una explicación bastante pobre.
Porque podemos ser enormemente racionales y mantener, al mismo tiempo, comportamientos que sabemos que no lo son.
Alguien puede confiar plenamente en la medicina y llevar un amuleto a una operación. Puede entender las probabilidades y tocar madera. Puede saber exactamente qué es una estrella fugaz y pedirle un deseo.
No necesariamente porque ignore la explicación científica. Quizá porque hay situaciones en las que conocer la explicación no resuelve lo que sentimos.
Y algunos rituales incluso cumplen una función, aunque no sea la que les atribuimos.
Quemar un papel no borra el pasado pero obliga a escribir qué queremos dejar atrás. Pedir un deseo no provoca que el cosmos se ponga a trabajar para nosotros pero nos hace reconocer qué deseamos de verdad. Encender una vela no modifica las probabilidades de que algo salga bien pero puede ofrecernos un momento para detenernos, pensar en alguien o acompañar una preocupación que no sabemos resolver.
El ritual no mueve el universo. A veces nos mueve a nosotros.
Y ahí probablemente está una diferencia importante.
No somos menos racionales por necesitar a veces un poco de magia. El problema empieza cuando dejamos que la magia piense por nosotros.
Cuando sustituye al médico. Cuando decide qué hacemos con nuestro dinero. Cuando dirige nuestras relaciones. Cuando alguien aprovecha nuestro miedo para vendernos certezas sobre un futuro que no conoce.
Ahí ya no hablamos de una costumbre, de una tradición o de un pequeño consuelo. Ahí puede empezar el problema.
Pero quizá todo esto nace de una pregunta mucho más grande. Porque nuestra necesidad de creer no termina en una pulsera, un horóscopo o un portal energético.
Hay una pregunta bastante más incómoda debajo de todas ellas.
¿Esto es todo?
Nacemos. Vivimos. Queremos a personas de una manera que cuesta incluso explicar. Las perdemos. Sabemos que algún día nosotros también desapareceremos.
Y nos cuesta muchísimo asumir que el relato pueda acabar simplemente ahí.
Por eso distintas culturas, épocas y personas han encontrado respuestas distintas: Dios, el alma, la reencarnación, la divinidad, la conciencia, la energía, otros planos, otras dimensiones, otros universos…
No son conceptos equivalentes ni tienen el mismo fundamento, pero muchas veces intentan responder a una inquietud parecida: que exista algo más allá de lo que podemos ver.
Especialmente cuando pensamos en quienes ya no están.
Nos resulta mucho más soportable imaginar que han ido a algún sitio que pensar que sencillamente dejaron de existir. Que aquello que fueron —su manera de hablar, de reírse, de querer, sus recuerdos— no puede haberse extinguido sin más.
Queremos creer que continúan de alguna forma y que, algún día, nosotros también iremos hacia ese lugar desconocido. Aunque, paradójicamente, la idea de irnos de aquí nos dé un miedo terrible.
Quizá ninguna contradicción nos define mejor.
Queremos creer que después de la muerte hay algo.
Pero preferimos que la comprobación pueda esperar muchos años.
Estamos hechos de polvo de estrellas
Aquí hay una expresión que parece casi espiritual pero tiene una base mucho más literal de lo que parece.
Decimos que estamos hechos de polvo de estrellas. Y, en buena medida, lo estamos.
Elementos esenciales de nuestros cuerpos, como el carbono, el oxígeno o el hierro, fueron producidos en generaciones de estrellas anteriores a nuestro propio Sistema Solar.
Eso no demuestra que tengamos un destino cósmico, que exista un alma ni que seamos “seres de luz”. Son cuestiones diferentes para las que ese origen estelar de nuestra materia no constituye una prueba ni a favor ni en contra. Simplemente pertenece a otra pregunta.
Lo que sí sabemos es suficientemente extraordinario por sí solo: la materia que ahora forma un cuerpo humano comenzó su historia mucho antes de que existiera la Tierra.
Quizá por eso resulta tan seductora la sensación de pertenecer a algo mayor.
No demuestra nada espiritual. Pero tampoco resulta extraño que pueda inspirarnos una lectura espiritual.
La frontera entre saber y creer
Y aquí llegamos quizá al punto más interesante.
La ciencia puede explicar un eclipse. Puede explicar de dónde proceden muchos de los elementos de nuestro cuerpo. Puede estudiar cómo funciona el cerebro cuando detectamos patrones. Puede analizar por qué determinados rituales disminuyen nuestra sensación de incertidumbre.
Pero hay preguntas para las que no disponemos de una respuesta comprobable.
Qué significa estar aquí. Si existe algo más allá de nuestra vida. Si la conciencia termina completamente con la muerte. Si aquello que llamamos Dios, divinidad o trascendencia existe de alguna forma.
Y ante esas preguntas, las personas hacemos cosas muy distintas. Unas creen. Otras no. Otras dudan. Y probablemente esa sea otra historia.
Dios, la religión, la muerte y nuestra necesidad de pensar que existe algo después merecen una mirada propia. Ya llegaremos a ella…
El 12 de agosto miraré hacia arriba
Sabiendo qué está ocurriendo.
La Luna pasará delante del Sol y durante unos instantes transformará el cielo.
No necesito pensar que se abre ningún portal para encontrarlo extraordinario pero tampoco creo que comprenderlo obligue a contemplarlo con indiferencia.
Porque conocimiento y asombro no son enemigos. Tal vez ese sea uno de nuestros rasgos más curiosos.
Podemos descubrir las leyes que explican un fenómeno y, aun así, emocionarnos cuando lo tenemos delante.
Podemos saber que una estrella fugaz no concede deseos y seguir pidiendo uno.
Podemos dudar de que el universo nos esté enviando señales y continuar mirando hacia él en busca de respuestas.
El próximo 12 de agosto millones de personas dejaremos durante unos minutos lo que estemos haciendo para mirar al cielo.
Como otros seres humanos hicieron miles de años antes sin entender qué estaba ocurriendo.
Nosotros sí lo entendemos.
Y, sin embargo, probablemente volveremos a sentir algo parecido:
Asombro.
Pequeñez.
Curiosidad.
Quizá un poco de miedo.
Y esa vieja sensación de estar formando parte de algo inmenso que todavía no comprendemos por completo.
Puede que no haya ninguna magia en el eclipse.
Pero hay bastante magia en que sigamos siendo capaces de maravillarnos con él.

