Vivimos deprisa. Y no sólo porque tengamos demasiadas cosas que hacer, sino porque nos hemos acostumbrado a que casi todo ocurra inmediatamente.
Mandamos un mensaje y miramos si lo han leído. Empezamos un proyecto y queremos saber si va a funcionar. Tomamos una decisión y buscamos enseguida alguna señal de que hemos acertado. Queremos aprender rápido, mejorar rápido, olvidar rápido, conseguir resultados rápido.
Y cuando no ocurre, pensamos que algo va mal.
Quizá se nos está olvidando que hay cosas que, sencillamente, necesitan tiempo.
Un café no empieza siendo café. Antes fue un fruto, después un grano que hubo que recoger, secar, tostar, moler y preparar. Podemos perfeccionar el proceso, pero no saltárnoslo entero y pretender llegar directamente a la taza.
Con muchas cosas de la vida pasa algo parecido.
Hay proyectos que necesitan crecer sin que nadie los vea todavía. Decisiones cuyos resultados tardan en aparecer. Heridas que no entienden de calendarios. Necesitamos aprender, equivocarnos y volver a intentarlo. Y también tiempo para convertir algunas experiencias en algo que podamos entender.
El problema es que dar tiempo no significa quedarse quieto.
Porque también hemos convertido el «dale tiempo» en una especie de respuesta universal. Y no siempre sirve.
Hay relaciones que no necesitan más tiempo, sino una decisión. Proyectos que no avanzan porque algo está mal planteado. Situaciones que llevamos años esperando que cambien mientras hacemos exactamente lo mismo.
El tiempo puede ayudar a que algo madure, pero no hace milagros.
Entre el grano y la taza no hay solo espera. Pasan cosas.
Se transforma, se trabaja, cambia de estado. Y quizá esa sea la diferencia entre tener paciencia y quedarse esperando.
No todo tiene que ocurrir hoy.
Pero si queremos que mañana algo sea distinto, probablemente no baste con dejar pasar los días.
Todo tiene su tiempo.
Pero también tiene su proceso.

