La información es poder. La ignorancia, el mejor aliado del populismo.

Vivimos rodeados de información. Nunca habíamos tenido tan fácil consultar una ley, comprobar una cifra, escuchar una intervención completa o contrastar una noticia. Y, sin embargo, pocas veces ha sido tan sencillo engañarnos.

Quizá porque tener acceso a la información no significa necesariamente estar informado.

Cada día escuchamos afirmaciones políticas que se repiten una y otra vez: que una ley prohíbe algo que en realidad no prohíbe, que un gobierno ha eliminado una ayuda que nunca existió, que una comunidad autónoma no tiene competencias sobre un asunto que sí gestiona directamente o que una decisión tomada por varias administraciones es responsabilidad exclusiva de una sola persona.

Da igual que sea verdad. Lo importante es que suene bien, que despierte indignación y que pueda resumirse en una frase fácil de recordar.

Los políticos populistas lo saben.

Saben que una explicación rigurosa necesita tiempo, contexto y matices. También saben que una mentira eficaz puede caber en un titular, en un vídeo de veinte segundos o en una frase pronunciada con suficiente seguridad.

La verdad suele ser compleja. La propaganda, en cambio, es cómoda.

No se busca informar, sino provocar

Buena parte de la comunicación política actual no pretende que entendamos lo que sucede. Pretende que sintamos algo: miedo, rabia, desprecio o sensación de agravio.

No hace falta demostrar que el adversario ha hecho algo ilegal. Basta con insinuarlo.

No hace falta explicar quién tiene una competencia. Basta con culpar al gobierno contrario.

No hace falta aportar cifras completas. Basta con seleccionar aquella que encaje mejor en el relato.

Y cuando esa estrategia funciona, los ciudadanos dejamos de comportarnos como personas que analizan propuestas y empezamos a actuar como seguidores de un equipo de fútbol.

Todo lo que hace “nuestro lado” se justifica. Todo lo que hace “el otro” se condena.

Ya no importa qué ha ocurrido, sino quién lo ha hecho.

La política convertida en identidad

Uno de los mayores éxitos del populismo ha sido conseguir que muchas personas vivan su ideología como una identidad personal.

Criticar a su partido se interpreta como criticarlas a ellas. Mostrarles un dato contrario a lo que creen no provoca curiosidad, sino rechazo. Reconocer un error del propio bando parece una traición.

Así se construyen los rebaños políticos.

No porque los ciudadanos sean incapaces de pensar, sino porque los dirigentes saben explotar nuestras emociones, nuestros prejuicios y nuestra necesidad de pertenecer a un grupo.

Nos ofrecen una visión sencilla del mundo: nosotros somos los buenos y ellos son los culpables de todo.

Es una fórmula antigua, pero continúa funcionando.

Repetir no convierte algo en verdad

Muchas falsedades políticas se mantienen porque se repiten constantemente.

Alguien escucha una afirmación en televisión, después la encuentra en una red social y más tarde se la oye repetir a un amigo. Tres fuentes aparentemente distintas que, en realidad, pueden proceder del mismo mensaje original.

Cuando una idea se repite lo suficiente, comienza a parecernos familiar. Y lo familiar suele parecernos verdadero.

Así terminamos defendiendo cosas que nunca hemos comprobado.

Hablamos de leyes que no hemos leído, presupuestos que no hemos consultado, sentencias que solo conocemos por un titular y competencias administrativas que no sabríamos explicar.

Y, aun así, votamos convencidos de tener toda la información necesaria.

Informarse también exige esfuerzo

No podemos responsabilizar únicamente a los políticos. Ellos manipulan porque saben que funciona, pero nosotros también tenemos una responsabilidad.

Informarse requiere detenerse.

Requiere leer más allá del titular, comparar fuentes, buscar el documento original y aceptar que, a veces, la realidad no confirma aquello que queríamos creer.

También exige algo especialmente difícil: estar dispuesto a cambiar de opinión.

Una persona verdaderamente informada no es la que nunca duda. Es la que duda precisamente porque conoce la complejidad de los asuntos.

No se trata de saberlo todo. Nadie puede saberlo todo. Se trata de reconocer lo que no sabemos y comprobarlo antes de convertirlo en una certeza.

Votar no debería ser un acto de fe

La democracia no consiste únicamente en introducir una papeleta en una urna cada cuatro años. También implica vigilar, preguntar, contrastar y exigir explicaciones.

Podemos votar a la izquierda, a la derecha o a cualquier opción intermedia. Pero deberíamos hacerlo conociendo qué propone cada partido, qué ha gestionado realmente, qué competencias tiene y qué consecuencias pueden tener sus decisiones.

Un voto basado en una mentira sigue siendo un voto válido, pero no es un voto libre en el sentido más profundo.

Porque solo elegimos libremente cuando conocemos aquello entre lo que estamos eligiendo.

La información es poder porque nos permite tomar decisiones propias.

La ignorancia, en cambio, entrega ese poder a otros.

Y siempre habrá alguien dispuesto a aprovecharlo.

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